“Ser poderoso es como ser mujer. Si le tienes que decir a la gente que lo eres, entonces no lo eres.”   Margaret Thatcher

Recuerdo que en mis tiempos de estudiante, existía en la primaria una figura de autoridad denominada “Representante de Grupo”, éste era el responsable de mantener el orden en el salón mientras el profesor no estaba y no había alumno que no aspirara a estar en su lugar; sin embargo, el grupo de candidatos al puesto se reducía a un selecto grupo de alumnos con características particulares que sobresalían del común del grupo. Posteriormente, llegué a la universidad donde curiosamente me encontré con una figura similar, ésta se llamaba “Representante de carrera” o “Consejero Estudiantil”, nuevamente representada por alumnos con buen historial académico, así como conducta y reputación intachable.

A algunos años de haber culminado mi primera etapa de estudiante, me doy cuenta de que aquellos niños que cumplían un rol en el salón de clases, hoy son brillantes profesionistas con tareas que implican grandes responsabilidades trabajando para importantes organizaciones. El análisis de estos acontecimientos cíclicos me lleva a una inminente pregunta… ¿El líder nace o se hace?

Mi respuesta inmediata es “el líder nace”. Sin referirme al momento del parto, creo que sí es probable la existencia de alguna cuestión genética que, aunada a la educación, detone a un líder desde las primeras etapas de su vida.

Por otra parte, existe algo que llamo “el detonador”; éste integra momentos, sentimientos, creencias, personas que nos ayudan a generar un cambio dentro de nosotros mismos para dar nacimiento a ese nuevo ser, a ese líder que yacía en nuestro ser. Al día de hoy no se puede hablar de un estándar que determina cuándo se activa éste; en ocasiones es necesaria una crisis que te enfrente al mundo real y te permita darte cuenta que no todo es color de rosa para tomar la determinación de tomar al toro por los cuernos y darle la cara al reto de ser un líder que no se deja llevar por la situación, por el contrario la maneja hacia el rumbo que defina con objetivos claros y precisión en la conducción hacia ellos.

Una vez que el líder nace, podemos identificar cuatro principales características que lo definirán en su actuar del día a día:

* Focalizan su energía al desarrollo de su potencial: identifican fortalezas y debilidades en su persona que pueden mejorar o minimizar según sea el caso.

* Identifica el potencial de los demás: aprende a detectar el talento de otros y los impulsa hacia su desarrollo.

* Promueve alianzas positivas: reconocer y se acerca a las personas que agregan valía.

* Es flexible y se ajusta a los cambios: entiende el entorno y los cambios que presenta el mismo, no va en contra de la marea, sólo ajusta las velas para seguir navegando.

Sandoval, N. (2015) “Los líderes detrás de las empresas exitosas”. Seminario web

A estas características y como interpretación personal, me gustaría agregar que el líder es amoral. Muchas veces relacionamos el término líder con la figura de una persona exitosa que vive en la continua búsqueda de aportaciones positivas para la organización, en este sentido me vienen a la mente personalidades como Steve Jobs, Nelson Mandela o los CEO más importantes de las grandes corporaciones; pero casi nunca pensamos en el otro lado de la moneda, personajes como Adolfo Hitler, Mussolini, Joaquín Guzmán Loera, etc. En un análisis de los anterior, ambos polos (luz y oscuridad) comparten las mismas características, sólo que enfocadas hacia diferentes rutas o motivos.

Finalmente, los invito a reflexionar el mensaje que nos regaló Thatcher: -Cuando se es un líder, no existe la necesidad de decirlo, sabrás exactamente quién es y quién tiene la capacidad de serlo, el líder existe por sí mismo. Tengo la suerte de conocer a muchos líderes en potencia y a otros que ya despegaron hacia el camino del éxito. ¿Tú conoces a un líder? ¿Te crees capaz de serlo? ¿O ya estás en ese rumbo?